martes, 29 de septiembre de 2015

Seduccion y trascendencia

  (Esta entrada es la recuperación de una entrada antigua de un blog que cerré)




 en compañía de lobos


 La existencia está sometida a la presión de los deseos, como explica muy bien Jose Antonio Marina en el libro "El fracaso de la inteligencia",  la emoción tiene más poder sobre el ser humano que su inteligencia y racionalidad.

Si tuviera que dibujar la imagen de un Demonio no recurriría a la iconografía tradicional de esas entidades; seres monstruosos con cuernos.  Lo dibujaría como al protagonista masculino de la película En compañía de lobos



 (Manon. Messenet)

La necesidad de satisfacer nuestros deseos cuando ellos son la motivación principal de la existencia,  ha sido siempre la obsesión de las religiones que han condenado los impulsos naturales sin poder explicar la razón de la condena, porque las emociones pueden ser desde luego  un obstáculo para la trascendencia. Y así nació el pecado para castigar a la naturaleza.

El deseo está relacionado con la voluntad de Poder, solemos relacionar el deséo de  Poder con la politica,  pero está en todas partes, el deseo de tener, de poseer, es algo de lo que los publicitas saben mucho, la busqueda del placer consite primero en la capacidad de poseer lo deseado y de ahí la frustración de quien no puede tener. El budismo entiende que el dolor tiene su origen en el deseo y está en lo cierto, por ello aboga por el desapego.

Poder sobre los demás, sobre la naturaleza, excepto sobre si mismo, porque al desear manifestamos interés por lo que no está en nosotros.
Estoy  convencido a estas alturas de la vida,  de que el único sentido de la existencia es la experiencia misma de la vida como un objeto de reflexión.



La narración del libro de Enoch, acerca de la deserción de los vigilantes para seducir a las hijas de los hombres, fascinados por la belleza de ellas, hace referencia al pecado como alejamiento de la voluntad de Dios,  para satisfacer el deseo egoísta del "yo"  inmaduro e indisciplinado.

No podemos permitirnos poseer todo cuanto deseamos si es que para conseguirlo,  hemos de renunciar al objeto principal de nuestra existencia y ese objetivo, es una proyección trascendente de la consciencia.
La conducta humana está muy estudiada, y podemos encontrar en conductas patológicas, estos ejemplos en los que la persona renuncia a si misma si con ello consigue satisfacer el deseo que le produce una dosis de placer.
Los ludopatas, así como los adictos al sexo u otras adicciones,  al perder el control sobre si mismos, pierden su capacidad para desarrollar una vivencia espiritual no necesariamente ligada a una doctrina religiosa.

El acercamiento  Dios a través de la vivencia espiritual religiosa, conlleva la imposición de limites a la conducta, una imposición que nunca puede venir de fuera de uno mismo porque entonces es inútil.
Concibo la vivencia trascendente como un esfuerzo que se inicia con los siguientes pasos:

La toma de consciencia. De la necesidad de esa vivencia  trascendente.

La autocompasión. Ser conscientes de que la naturaleza humana tiende a la autocomplacencia y a la perversión, eludiendo al sentimiento de culpa que solo sirve para desmotivar nuestro ánimo y nuestra voluntad.
La autocompasión no es la autojustificación,  no se trata de disculparnos, sino de sentir piedad de nosotros mismos, de sentirnos felices por el hecho de progresar, de ver en cada caída una oportunidad hacerlo mejor, de reafirmación de nuestra voluntad. muchas veces, el fracaso procede de la incapacidad para perdonarnos a nosotros mismos, negándonos a nosotros mismos una nueva oportunidad.

La voluntad. Que nos mantiene en un esfuerzo constante a pesar de nuestras caídas y fracasos ocasionales.

El deseo genera la seducción; que ataca en dos frentes, por un lado la atracción que el mismo objeto del deseo nos provoca;  y por otro lado,  los argumentos que creamos para justificar ese deseo, creando en nosotros una necesidad ficticia del objeto que sabotéa nuestra voluntad y en ocasiones nuestro sentido común.
Seducidos o no por el objeto, nos preguntamos si podemos conseguirlo y vuelven a aparecer los argumentos que intentan modificar nuestra voluntad para que ejerzamos nuestro poder a la hora de obtener el objeto.
Esa argumentación que nos seduce, esa argumentación que nos inclina ejercer el poder logar el objeto del deseo, es lo que se puede considerar como el "demonio interior" .
Una fuerza desestabilizadora de la voluntad humana y que sabotea la experiencia trascendente.
Pero el deseo por si mismo no es un problema, es la no dominación de ese demonio interior lo que genera desequilibro; o frustración,  cuando una vez seducidos no podemos conseguir lo deseado.

El Poder o la ausencia de poder  condiciona nuestra existencia

El objeto del deseo puede ser cualquier cosa, desde algo material a algo inmaterial, emocional
Tener poder político, influencia sobre los demás, un objeto,  el afecto o el amor de alguien. etc.
Poseer enaltece nuestro ego, tener algo es disponer de ese algo, usarlo, manipularlo, servirse de él.
Incluso el criterio es un intento de poder,  las ideas son expansivas, desean  transmitirse y crecer de individuo a individuo, influenciar, expandirse y transformar la realidad, naciendo así las ideologías que mueven masas de personas creando verdades inmutables, en una competición de ideas que genera violencia, rencor, y la supeditación del individuo a los intereses de la idea en expansión.

De hecho el ser humano es el único ser en el planeta que mata por defender conceptos, ni siquiera para asegurarse el alimento, mata y puede llegar a entregar su vida en la defensa de un criterio, de una idea que pueda transformar la realidad imponiéndose sobre el resto de ideas.
El poder se le entrega  a las ideas y a los conceptos, reduciendo al ser humano a la condición de servidor de la idea establecida. Esto lo vemos constantemente en todo tipo de sociedades y en todos los continentes, ideas políticas y religiosas convirtiéndose en excusas para la dominación.
El individuo que vive en una sociedad en la que rige un criterio coincidente con el suyo, aunque esté ausente de poder real, se siente ligado al criterio general,  se considera  generador del poder social al aportar su criterio personal al criterio del grupo.
La sumisión al grupo por parte de un individuo,  cuando ese individuo acepta el criterio mayoritario, renuncuiando a su capacidad critica,  conlleva además la deificación de quien ostenta el liderazgo
El individuo así enajenado, se siente feliz y obtiene placer al sentirse seguro y se siente  dominante en cuanto que forma parte del criterio mayoritario y oficial del grupo.
 Este tipo de individuos; (servidores sumisos), se convierten en la tropa de asalto de quienes ostentan la representación oficial de la idea.  Aunque tampoco es un apoyo gratuito, estará siempre condicionado a que la perdida de libertad tenga algún tipo de compensación  que actúe a modo de elemento seductor.

El deseo de algo y el poder para obtenerlo, no bastan para que el individuo se lance a por lo deseado,  antes ha de ser seducido.
Ya sea para ir a la guerra o para hacer el amor, la acción pasa por la seducción.
Los pueblos no se lanzan a la guerra solo por mandato de los gobernantes, antes han de esgrimirse motivos que estimulen la voluntad del pueblo; el gobernante busca un poder que no compartirá con el pueblo, pero éste estará dispuesto a defender los valores comunes, las ideas que comparte con la mayoría de la sociedad a la que pertenece para que la idea prevalezca.

Esta seducción se logra despertando a ese demonio interior que nos acompaña y al que a partir de ahora lo denominaré utilizando la expresión Jungiana de La Sombra.
La Sombra es esa parte de nosotros mismos que está escondida, reprimida por el efecto de la educación y de la aceptación de las formalidades sociales, es el aspecto más depredador de nosotros mismos y es la verdadera protagonista de la novela El Lobo Estepario.
Inmersos en entornos urbanos y sometidos constantemente a estímulos que nos inducen a la compra de objetos, a adquirir servicios,  a construirnos un "yo"  ingeniado y desarrollado por la industria de la moda, de la música y expandido por las agencias publicitarias y medios de comunicación , expertos en manipulación de masas.
La idea fundamental de esta nueva y perversa forma de manipulación, es incidir sobre esa Sombra, de forma que el individuo no desee un estilo de vida propio, generado por si mismo para si mismo, con valores y principios firmes, si no individuos que desarrollen un carácter modificable en virtud de los intereses del sistema ideológico imperante y de los intereses económicos del mundo industrial.

Dice la sabiduría popular que:   Tanto tienes tanto vales.
A lo que habría que añadir: Tanto tienes tal eres.
Porque hemos pasado del "tener" como canon para la importancia social, al "tener" para Ser.
La sociedad nos hacer Ser en relación a lo que consumimos y de ahí la importancia de consumir  productos de marca.
La marca ya no es tan solo el nombre de la empresa fabricante, ahora determina el rango social, el carácter,   los valores morales del individuo y el grupo social o ideológico al que el individuo pertenece.
El sistema económico que se ha creado en los países europeos, estimula el deseo como forma de desarrollo personal, utilizando los resortes o estímulos que provocan la acción de la Sombra sobre las personas.

Consumidores en lugar de ciudadanos, los europeos nos hemos convertido en servidores sumisos del sistema económico. Se hunden las empresas, pero seguimos atentos a los estímulos que nos llegan a través del televisor.
No reivindico un marxismo fracasado,  tan solo constato la dificultad para desarrollar un sistema de vida al margen de la contaminación ideológica del sistema.
Una ideología social producto de la postmodernidad, una existencia fundamentada en la vacuidad, en la ausencia de principios morales sólidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario