viernes, 28 de agosto de 2015

La vida como un viaje



Una de las características de la existencia es el movimiento.
Desde que nacemos hasta que llega la muerte física es una transformación constante a través de etapas de aprendizaje, evolución y madurez.
No es extraño que la vida esté relacionada de forma arquetipica con la idea de camino, de viaje.
Una de las preguntas que casi toda persona se ha hecho a lo largo de su vida, es interrogarse acerca del sentido de la vida. ¿Qué sentido tiene y si es que tiene sentido?.

8:4 Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites? (Libro de Salmos)


  Kierkegaard, (1813-1855).  Un filosofo danés de formación luterana, fue uno de los precursores del existencialismo .
Kierkegaar centró su preocupación en el individuo, de modo que la existencia del ser humano tenía valor en cuanto a sus particularidades individuales y subjetivas, por lo que el individuo necesita de la libertad para desarrollarse plenamente.
Y pienso que tenía razón, porque la persona no puede considerarse como un objeto dentro de un grupo, sino que el ser humano solo puede encontrar sentido a la existencia a través del desarrollo pleno de su propia consciencia.
La persona no es un objeto estudiable objetivamente, a excepción de sus respuestas ligadas a los condicionamientos biológicos a los que está sometido por la naturaleza de su cuerpo, cada ser humano es un  proyecto vital único e irrepetible y la naturaleza de esa subjetividad trascendente, es la consecuencia de estar dotado de consciencia y de voluntad propia.

La pregunta acerca del sentido de nuestra existencia, suele aflorar en tiempos de crisis, cuando el “yo real” de cada ser humano emerge con mayor claridad.
El inicio del siglo veinte fue sin duda alguna muy duro, sobre todo para una Europa convencida de que podría construir un mundo perfecto, con el solo uso del criterio racional.
Las dos guerras mundiales y las crisis económicas, despiertan de nuevo la reflexión entorno a la existencia humana.
Pero las ideas que recorrieron Europa con éxito, derivadas del socialismo utópico y del marxismo, que otorgan preferencia al grupo antes que al individuo, crea un pensamiento pesimista que acaba reflejándose en personajes como Sartre. 
El fracaso de Marx, fue posiblemente el no considerar la naturaleza humana como generadora de la acción.
Sin embargo la explicación no puede pasar de los limites que el pensamiento racionalista-materialista  establece, de modo que lo trascendente es lo que mejora al hombre desde la perspectiva ética y social,  el quehacer durante existencia misma es el objeto actual de trascendencia.


La existencia es movimiento, desde que nacemos hasta que morimos es una continua sucesión de etapas de aprendizaje, y la adquisición de un aprendizaje exige responderse al por qué de ese aprendizaje, si llegada la vejez tan solo queda reflexionar acerca de lo que hemos aprendido, entonces esa reflexión al final de la existencia, ¿Qué sentido tiene?. Hemos obtenido al final de la vida un conocimiento final que no puede transformarse en una  nueva acción.
Estamos acostumbrados a considerar el aprendizaje como una necesidad previa a la hora de realizar una tarea que requiera de la información adquirida en ese periodo de instrucción, pero si la trascendencia intelectual, económica, etc, no es útil al individuo que al final de ese periodo se enfrenta a la muerte, la única razón de la existencia desde la perspectiva puramente racionalista, es que la trascendencia individual tiene sentido exclusivamente para mejorar la sociedad, que continua existiendo y evolucionando más allá del periodo de duración de una vida humana; de ese modo, el sentido de la vida sería el procurar el mejoramiento continuo de la sociedad. Pero entonces, ¿Donde queda el individuo ante si mismo? Se pierde, se diluye en el grupo como si la humanidad fuera un enorme hormiguero.
La vida del ser humano pierde consistencia cuando la única respuesta racional al sentido de su existencia, al porqué de su consciencia y de su continuo aprendizaje, es exclusivamente servir a la evolución de la humanidad.
Pero esta forma de verlo libera al ser humano de plantearse una pregunta importante, y es la relacionada con el tiempo.
Si el motivo de la inquietud trascendente se debe a una orientación natural al mejoramiento de la sociedad, ya no es preciso preguntarse el porqué de ese aprendizaje durante un periodo de tiempo limitado, como es el tiempo de duración de una vida humana, luego el tiempo tiene su importancia como la tiene el aprendizaje adquirido durante un año escolar para un colegial.
No preocuparse por el tiempo libera al pensador racionalista, que se desentiende de discursos metafísicos.

Pero hay otra cuestión, es que si la existencia humana desde un punto de vista rabiosamente racionalista, es la evolución y progreso de la humanidad, ¿Porqué ésta no mejora creando un mundo más justo y más habitable? (Volvemos al problema de la naturaleza humana).
Cuando nos interrogamos acerca del sentido de nuestra existencia,  sería necesario considerar no solo el hecho de poseer consciencia de nuestra existencia y de la necesidad de trascenderla, sino que esa trascendencia está delimitada por el factor tiempo.
Nacer y morir no son tan solo dos acontecimientos importantes, uno circunstancial y otro inevitable, a los dos les otorga sentido lo que acontece entre ambos acontecimientos.
Por eso el factor tiempo es determinante a la hora de resolver la pregunta acerca del sentido de la existencia.


¿Y es la racionalidad un problema? No, no es la racionalidad un problema, todo lo contrario, pero en nuestro tiempo, se considera que la razón está enfrentada a la metafísica.
Los errores de las instituciones religiosas, que han impedido el desarrollo y la evolución de sus doctrinas, a la par que ha crecido la capacidad humana para la comprensión de la realidad, ha creado el espacio necesario para que crezca una idea limitada acerca del sentido de la existencia, de modo que a la vez que los conocimientos científicos han ido dando explicación de la naturaleza y de la historia, las instituciones religiosas han mantenido a sus fieles encerrados en los limites de doctrinas cada vez más aisladas de la sociedad y de la verdad objetiva.
De modo que lo metafísico ha quedado marginado; auto marginado más bien, y el triunfo del pensamiento científico se ha identificado como el pensamiento racional.
Sin embargo, el uso del razonamiento para conocer la naturaleza de las cosas, es la herramienta imprescindible para acceder a la verdad, tanto para conocer el funcionamiento de la naturaleza material como para conocer la verdad en relación con lo metafísico.
De manera que la evolución del pensamiento científico y la inmovilidad de las instituciones religiosas, ha separado sin aparente conciliación, el pensamiento materialista y el pensamiento metafísico.
Mientras que esta separación exista, será imposible conocer la verdad completa.

El pensamiento racionalista,  el empirismo como forma de indagar y definir lo que es cierto o incierto, limita a la humanidad a un estado de existencia temporal y limitado a sus sentidos físicos.
El pensamiento existencialista, cuando está ligado a esta ideología predominante en la actualidad, alejada de la consideración de lo metafísico, no puede ir más allá de los limites sensoriales del ser humano, e inevitablemente ha de considerar que la existencia y del ánimo trascendente que habita en el ser humano, consiste en la  existencia en si misma, en una existencia en la que el individuo desarrolla sus inquietudes personales al máximo, y esa sería la trascendencia para el ser humano que no considera lo metafísico.
Por otro lado, el individuo que está en el seno de las instituciones religiosas, limita su visión de la realidad a la Tradición, pero esa tradición está paralizada por los limites de una fe basada en una forma arcaica de entender lo metafisico. 
Tanto el materialista-empirista como el creyente que da sentido a su existencia a través de una Tradición esclerotizada, son prisioneros de un dogmatismo que les impide a ambos observar la  completa la causa de la existencia.
Necesitamos del pensamiento racional y lógico, tanto para comprender la naturaleza física como de la espiritual del ser humano, porque es en el universo las ideas,  en el pensamiento colectivo, en donde conviene ubicar la metafica.

Siendo la existencia movimiento y aprendizaje, la fe religiosa  inmovilizada por el temor al error, acaba sumergiendo al creyente en un error mayor, la incomprensión de la realidad y el alejamiento de la verdad objetiva.

Siendo la existencia movimiento, la experiencia religiosa haría bien en abandonar la inmovilidad y ayudar alcanzar la edad que le corresponde.
La experiencia religiosa ha evolucionado desde la más remota antigüedad, la intuición de la divinidad ha sido una constante en el ser humano, desde el animismo hasta el monoteismo como forma más evolucionada de forma religiosa, ha habido un largo camino de evolución.
Aunque la explicación de las leyes naturales en un principio remoto, tenía una base teológica, en la medida en que la experiencia religiosa evoluciona camino del monoteismo, se va separando y iendo en paralelo el conocimiento de la naturaleza y el conocimiento de Dios.
Las cosas se complican cuando la humanidad comienza a darle forma al monoteismo y a encerrar la doctrina en textos sagrados.
La doctrina monoteísta registrada en los textos, se convierte en una prisión dogmática para sus fieles, sobre todo por el uso que las jerarquías sacerdotales van haciendo de los textos, perdiendo la capacidad para interpretarlos correctamente.
La religión deja de evolucionar y se detiene en el tiempo,  sustituida por una idea de la existencia que no contempla lo metafísico porque se le considera agotado, reino de seres imaginarios.

La idea de movimiento, de que todo ha de estar en constante evolución y transformación, me parece muy importante para conocer el porqué se da esta separación tan radical e incluso enfrentada entre el conocimiento racional de la naturaleza de las cosas y de la experiencia religiosa.
Si algo detiene su evolución, genera un hueco que es llenado inmediatamente por otra cosa.
Necesitamos también en lo relacionado con la metafísica, del pensamiento racional, analítico y a la vez intuitivo.
Mientras que la experiencia religiosa no pueda salir del libro, mientras que el criterio doctrinal esté sometido a textos de interpretación rígida, será imposible profundizar en el conocimiento de la naturaleza de aquello a lo que definimos con la palñabra "Dios",   de como todo cuanto existe está con él relacionado y condicionado.
La revelación no es algo que se produjo y a partir de ahí se establece una verdad, la revelación es un constate descubrimiento del sentido de las cosas, en la medida en que la capacidad humana de comprensión crece.

El problema quizá de la comprensión de la existencia, esté entre la diferenciación o no, de la consideración del ser humano como entidad y esencia a la vez.
Este problema entre entidad y esencia, lo encontramos en el cristianismo en los debates acerca de la naturaleza o naturalezas de Cristo.

¿Qué somos antes o qué ha de prevalecer, qué es más determinante, la entidad o la esencia?
La existencia no es un sendero físico por el que caminar, a través del cual todo caminante por ella vería el mismo paisaje, los mismos elementos, pero cada individuo tiene su propia existencia, luego la existencia no puede ser estudiada ni considerada como un objeto, salvo la experiencia existencial, individual y subjetiva. La existencia se desarrolla en la república de las ideas.

Tampoco el Ser puede ser considerado como un objeto, por sus particularidades propias, determinado por la existencia que desarrolla y por su propia consciencia.
La existencia está ligada a la entidad, que es la parte del ser que desarrolla una actividad en el transcurso de su vida física. Para un creyente, el ser sobrevive al ente; para un no creyente, el ente y el ser mueren juntos cuando muere el cuerpo físico.
De modo que el sentido de la existencia va depender de la consideración de Dios o de su no consideración del concepto Dios.

Para el existencialismo ateo y también para la filosofía de las corrientes esotéricas de pensamiento luciferino, la existencia humana solo tiene sentido si se libera de todo lazo que le una a una deidad.
El protagonista para el existencialismo apartado de la consideración de Dios, es un ser como ente finito,  para desarrollar su existencia de forma plena y en absoluta libertad, ha de apartarse de otros modelos de pensamiento que estén ligados a una idea de la existencia que una la entidad al ser.
Quizá por eso en el cristianismo post-Niceno, es tan importante que en Cristo no haya una clara división entre entidad y ser.
El ser, se forma en relación con el resultado de las experiencias acumuladas por nosotros como entidad, dentro de la orientación que el ser es capaz de proyectar sobre la entidad a través del ánimo.
Estos tres elementos, ser, ánimo y entidad, se reproducen a gran escala en la idea de la Trinidad cristiana, Dios, como el ser; el Espíritu Santo como el ánimo y Cristo como la entidad.
Así en la existencia del ser humano, se reproduce en pequeña escala el modelo cosmológico que podríamos llamar arquetipico, porque está presente en diversas escalas y cumpliendo las mismas funciones.


El problema en mi opinión que tiene el ser humano en la actualidad, es la dificultad para encontrar un sentido trascendente a su vida y que vaya más allá del esfuerzo intelectual o ético, pues no existen estímulos que le orienten en ese sentido. Aunque están las religiones tradicionales, pero  éstas en la actualidad no motivan lo suficiente a quien desean una vivencia espiritual trascendente, han perdido la frescura de la novedad por un lado, y por otro lado no usan el lenguaje contempraneo.

El pesimismo existencialista, la sustitución de la Utopía por la aridez de Mad Max, es el resultado más claro de la evolución actual de nuestra sociedad, en relación con las expectativas que tiene para su propio futuro y el futuro de la humanidad en general.
La ausencia de paradigmas dignos de ser considerados como algo deseable y por lo que merezca la pena luchar.
Porque el ser humano, ya no se contempla a si mismo como un ser ligado a lo infinito, aunque tampoco se siente incómodo en su finitud; en cierto modo, le supone una liberación de las formas rígidas de conducta moral de otros tiempos.

Aunque esa liberación, no tranquiliza su inquietud cuando se hace consciente del hecho de su propia existencia.
La Nausea que describe Sartre, encuentra sanación en la inconsciencia colectiva, al mismo tiempo que el individuo deja de contemplar al conjunto de la humanidad como parte de su propio proyecto vital, compañeros de viaje en un proyecto eterno.

La finitud desliga al ser de la entidad colectiva compuesta por la totalidad de seres, pero también la consciencia de finitud crea una idea del hombre desligada de su nexo consciente con el propio universo, en la que el tiempo tal y como lo concebimos nosotros, un tiempo cronológico, medido y exacto, no existe.
Un no creyente en el  Dios de Abraham, puede tener esa idea de finitud como una verdad aceptable, entonces las leyes de la naturaleza acaban siendo aceptables para él, incluso en el ámbito social, en donde el ser humano desarrolla su vida normal.
La idea de permanencia de la consciencia más allá de la muerte, ligada a una inteligencia creadora; a Dios, limita las posibilidades de que el ser humano se entregue o se conforme con las pautas naturales de conducta.
No me refiero a que haya de creer en un  Dios revelado  porque de ese modo se crea un orden social estable y mejor ordenado, sino que el individuo que abandona la consideración de ese Dios, si no encuentra un sentido trascendente sustitutorio, contacta con su aspecto más involutivo y ligado a las fuerzas de la naturaleza y sus leyes.
Es decir, el deseo de poder, de dominación, y el deseo de obtener placer como objeto fundamental de la existencia.
Porque la naturaleza es sádica, establece sistemas de relación entre los individuos basados en la dominación y en la sumisión, y en el derecho a ejercer el poder si se posee la fuerza suficiente.
A esta característica de la naturaleza, se le opone la idea de Justicia que emana de Dios, el orden teológico es un orden justo.
Alguien me puede recordar que durante siglos, el cristianismo ha estado más ocupado en el poder político que en el desarrollo de la justicia de Dios en la Tierra, sin embargo, no tendría en cuenta que la exigencia de justicia permaneció secuestrada en los textos durante todo ese tiempo, en el que la institución cristiana que representaba al cristianismo en Europa, estuvo alejada de Dios. Por otro lado el cristianismo en Europa occidental, era una fuerza insaciable de poder que se ejercía desde el aparato institucional mientras que predicaca el mensaje evangelico de amor al pueblo,  una "bipolaridad" que ha permitido que los ideales evangelicos permanecieran porque eran aceptables, pero al mismo tiempo creciera un justo rechazo a la religión institucionalizada.
 La idea de la inmortalidad, de la eternidad, que está presente en el creyente, está más acorde con la realidad, porque no concibiendo el tiempo como un periodo entre dos momentos, está más cerca de la verdad en lo relacionado con las leyes de la física en relación con el tiempo.
No es concebible para un creyente, que Dios cree algo eterno, para introducir al ser humano como algo finito. Necesariamente, el ser humano posee las mismas características que el resto del universo, es necesariamente eterno.

La libertad en la consciencia de finitud, vendría a ser la forma en la que el ser humano afronta su libre albedrío cuando considera que su experiencia vital acaba tras la muerte física, eso le conduce a construirse a si mismo al margen de la evolución o auto-construcciones del resto de seres que le rodean. Es decir, que el individuo no necesita “del otro” como reflejo de su desarrollo, no necesita la empatía con el resto de personas con las que convive y que también están involucradas en un proyecto existencial trascendente.
Un sentido de la existencia ligada a lo trascendente, conlleva la consideración del “otro”; es decir, de aquellos otros seres que comparten con nosotros la experiencia de vivir, desarrollando una existencia con sentido trascendente, de forma que la trascendencia de una persona, está ligada a la trascendencia del resto, como miembros de una comunidad de individuos que transcienden en dos niveles, individual y colectivo.

La dificultad está en la aceptación de que cada persona es un proyecto vital único, y que los individuos que componen el colectivo  no son un reflejo exacto de cada individuo, pues cada  progresa y evoluciona a su ritmo y en su propia dirección.
Ese “otro”, que es cada uno del grupo; todos somos un “otro” en relación a quien nos observa, no nos es útil en nuestro propio proceso trascendente, salvo en la forma en que responde a nuestra manera de relacionarnos con él.
 Es entonces cuando valoramos a través de nuestra interacción, si nuestro evolucionar personal va en la linea de trascendencia espiritual que anhelamos como creyentes.
La humanidad está compuesta por millones de entidades individuales, cultivar el “yo” es inútil, porque lo que nos une al resto de personas no es el “yo” individual ligado a la entidad, pues ninguno es coincidente con otro, lo que nos une a todos los seres humanos es la “esencia”, y ésta está ligada a una causa trascente que cada persona percibe a su modo pero no puede determinar. 
Pienso que la Fe es un producto de esa esencia, mientras que el “yo” ; al que solemos llamar también “ego”, reside en la entidad, como un medio de competir en el mundo, de reafirmación competitiva frente “al otro”.



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